
En el dolor nos reconocemos. Nos vemos y sentimos como verdaderamente somos, como siempre fuimos. Nos encuentra donde no nos gustaría estar, pero seguro vamos a salir. Nos ayuda a entender un poco qué se sentía estar bien, cómo era cuando no dolía. Nos reconforta al pensar que si no doliera tanto ni siquiera nos importaría, aunque por eso duela aún un poco más. Pero, sobre todo, nos deja ver al lado y reconocer a quienes además de dolerles nuestro dolor, les duele nuestro motivo. Eso nos ayuda a compartirlo, revivirlo y sobrevivirlo. Porque siempre que tengamos alguien a quien contárselo habrá alguien que ya lo conozca y, aún así (o por eso mismo) quiera escucharlo. Ahí es donde el dolor empieza a ser un recuerdo y el motivo, una nueva charla con un viejo amigo.
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