
Algunas veces las cosas caen de inmaduro. Un golpe de suerte las precipita. Sin embargo, rara vez llegan lo suficientemente lejos. Suelen quedar dormidas en el piso que antes veneraban, a sólo unos centimetros de donde solían yacer. Antes podían ver las demás cosas, ahora son una más de las que son vistas. En ese momento empiezan a despertarse del letargo y serpentean buscando subir nuevamente. Pero no desarrollaron ni manos ni pies. Con suerte, es decir en el mejor de los casos, generaron una indómita capacidad para desplegar cierta viscosidad que los aferra momentaneamente. Así es que logran subir unos cuatro o cinco centimetros, pero sólo para volver a caer al mismo lugar. Esta triste historia de pasos en falso para muchos parece una carrera, y puede que lo sea. Es un triste camino que hay que seguir de vez en cuando aunque más no sea para ver que es intransitable, inhóspito e indeseable.
La único que podemos saber sobre nuestra identidad está en la forma de nuestros deseos. Creer que esa es la cara que los demás ven sobre nuestros hombros depende de la suerte que hayamos tenido en ese camino.
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