Como habrán visto, hace tiempo no se actualiza el blog. Justamente esta actualización tratará sobre las razones de esa imposibilidad, producto de una dificultad temporal: la del músico y su vida, cuando la música no es su vida. Ojo, no estamos queriendo decir que la música no sea esa pletórica fuente de vida que baña nuestra existencia dándonos una razón para seguir existiendo. No. A lo que nos referimos es a aquella clase de músico para los que la música no es fuente de supervivencia. Es decir, vivimos la música, pero no vivimos de ella. Se podría objetar que algunos damos clases, otros tienen una sala de ensayo, etc, pero acá nos referimos a Submarino como un concepto musical que no sólo no es redituable, en términos estrictamente económicos, sino que, generalmente, suele ser deficitaria. Entonces, cómo hacer música cuando la música no hace el dinero. Muchos podrán quejarse, poner el grito en el cielo (como aquí mismo hemos hecho un par de posteos más abajo) injuriando a un sistema que no para de poner sus garras en la elite de incomprendidos genios musicales. Pero lo que no solemos ver es que ese mismo sistema, al condenar al músico a la miseria, en cierto punto, está creando las condiciones necesarias para su propia existencia. Porque, seamos sinceros, de dónde sale la creatividad musical si no del dolor y la angustia. La música es el único arte que no tiene referencia en nada (olvídense de la letra, que no es música sino poesía, en el peor de los casos). Podemos pintar una casa y decir: “Eso es una casa pintada”. Pero no podemos “tocar” (musicalmente) una casa y que quien escuche se figure la imagen de una casa. A lo sumo podemos llegar a tocar alguna melodía que remita a cierto estado de ánimo que tenga algún tipo de conexión emocional con el concepto de “casa” que cada uno formó en su infancia. Pero tocar una melodía que, unívocamente, remita a una casa, es imposible. Lo que sí es posible es transformar el mundo en música. Ya no estamos hablando de utilizar el arte para remitir a una realidad que se cree anterior y superior a él, sino que con la música todo pasa a otro lenguaje tan, o más, real que la realidad misma. Todo el día laburando, con el culo pegado a una silla frente a una pc seguramente no sea una linda imagen para un cuadro, pero probablemente pueda transponerse a un buen riff de guitarra donde esa situación desnude toda su violencia. Y en el mismo momento en que tomamos esa realidad para hacer música, estamos transformando nuestra propia realidad. Es decir, esos sonidos operan sobre nuestra propia existencia de tal forma que el riff actúa como bisagra de la realidad. Se sirve de ella para existir, pero termina siendo el motor de una nueva existencia sonora que transforma nuestro sentir con respecto a aquella.Entonces, el sangrado permanente al que nos somete el sistema, que no nos deja hacer lo que nos gusta, termina dándonos la excusa necesaria para hacer aquello mismo que nos gusta. Porque, si no tuviéramos penares, sobre qué daríamos pena? En otras palabras, si no hubiera existido el algodón, quién habría cantado blues? Seguramente estaríamos viviendo una existencia ideal, etérea y sin problemas, pero también sin música. A la frase de Javier Martinez, “Si el rock no existiera, habría que inventarlo” yo le respondo “El rock existe desde antes que se lo hubiera inventado, y desde el mismo momento que hubo un mundo de mierda que necesitaba ser musicalizado”. De la misma forma que este nuevo posteo existe producto de un momento en que no tuve tiempo para escribir.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
El músico y su vida, cuando la música no es su vida
Como habrán visto, hace tiempo no se actualiza el blog. Justamente esta actualización tratará sobre las razones de esa imposibilidad, producto de una dificultad temporal: la del músico y su vida, cuando la música no es su vida. Ojo, no estamos queriendo decir que la música no sea esa pletórica fuente de vida que baña nuestra existencia dándonos una razón para seguir existiendo. No. A lo que nos referimos es a aquella clase de músico para los que la música no es fuente de supervivencia. Es decir, vivimos la música, pero no vivimos de ella. Se podría objetar que algunos damos clases, otros tienen una sala de ensayo, etc, pero acá nos referimos a Submarino como un concepto musical que no sólo no es redituable, en términos estrictamente económicos, sino que, generalmente, suele ser deficitaria. Entonces, cómo hacer música cuando la música no hace el dinero. Muchos podrán quejarse, poner el grito en el cielo (como aquí mismo hemos hecho un par de posteos más abajo) injuriando a un sistema que no para de poner sus garras en la elite de incomprendidos genios musicales. Pero lo que no solemos ver es que ese mismo sistema, al condenar al músico a la miseria, en cierto punto, está creando las condiciones necesarias para su propia existencia. Porque, seamos sinceros, de dónde sale la creatividad musical si no del dolor y la angustia. La música es el único arte que no tiene referencia en nada (olvídense de la letra, que no es música sino poesía, en el peor de los casos). Podemos pintar una casa y decir: “Eso es una casa pintada”. Pero no podemos “tocar” (musicalmente) una casa y que quien escuche se figure la imagen de una casa. A lo sumo podemos llegar a tocar alguna melodía que remita a cierto estado de ánimo que tenga algún tipo de conexión emocional con el concepto de “casa” que cada uno formó en su infancia. Pero tocar una melodía que, unívocamente, remita a una casa, es imposible. Lo que sí es posible es transformar el mundo en música. Ya no estamos hablando de utilizar el arte para remitir a una realidad que se cree anterior y superior a él, sino que con la música todo pasa a otro lenguaje tan, o más, real que la realidad misma. Todo el día laburando, con el culo pegado a una silla frente a una pc seguramente no sea una linda imagen para un cuadro, pero probablemente pueda transponerse a un buen riff de guitarra donde esa situación desnude toda su violencia. Y en el mismo momento en que tomamos esa realidad para hacer música, estamos transformando nuestra propia realidad. Es decir, esos sonidos operan sobre nuestra propia existencia de tal forma que el riff actúa como bisagra de la realidad. Se sirve de ella para existir, pero termina siendo el motor de una nueva existencia sonora que transforma nuestro sentir con respecto a aquella.Entonces, el sangrado permanente al que nos somete el sistema, que no nos deja hacer lo que nos gusta, termina dándonos la excusa necesaria para hacer aquello mismo que nos gusta. Porque, si no tuviéramos penares, sobre qué daríamos pena? En otras palabras, si no hubiera existido el algodón, quién habría cantado blues? Seguramente estaríamos viviendo una existencia ideal, etérea y sin problemas, pero también sin música. A la frase de Javier Martinez, “Si el rock no existiera, habría que inventarlo” yo le respondo “El rock existe desde antes que se lo hubiera inventado, y desde el mismo momento que hubo un mundo de mierda que necesitaba ser musicalizado”. De la misma forma que este nuevo posteo existe producto de un momento en que no tuve tiempo para escribir.
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