
(DIOS MIO QUE CHAPAS!!!!) Bienvenidos a una nueva emisión de bloggeando por un sueño. En esta mágica noche de desvelos, veremos desfilar las voluptuosas protuberancias y moldeadas curvas de otra letra sin sentido. Y cuando digo sin sentido no me refiero a su origen sino a sus fines. (Frente al noble aparecer de estas líricas barrocas, compuesta para dar cuerpo y sostén a una melodía exasperante, sobreviene su triste y conocido perecer en manos del olvido y la desidia... no menos exasperantes).
El tema de hoy es
Lo que hay que ver, si no me equivoco la primera letra de la banda. Antes, sin embargo, nos gustaría invitarlos a disertar brevemente acerca del juego de sentidos de la ya famosa frase del estribillo: “
No ves que la mirada esconde lo que hay que ver”. Para empezar el análisis es fundamental desmentir el falaz mito que emparienta esta frase con la de Saint-Exupéry “lo esencial es invisible a los ojos”. Repetidas veces se nos ha acusado de plagio, a lo que respondemos: “no ves que tus oídos esconden lo que hay que escuchar”, aunque fácilmente se podría reemplazar “oídos” por cualquiera de las siguientes palabras: sordera, ignorancia o estupidez.
Ahora si, aboquémonos a desentrañar el misterio envuelto en estas palabras. Empecemos por observar la múltiple superposición de vistas que se da en la superficie de esta escueta línea. “No ves”, “la mirada”, “lo que hay que ver”. Hago hincapié en esto porque el tema de la observación parece ser una constante, casi obsesiva, en las letras de Submarino (sólo a manera de ejemplo, pensemos en “no me ven”, “se miró detrás de la pantalla”, “vas viendo qué hacer”, “te veo en el umbral”, etc). En esta canción, el tema de la vista se enmarca en una paradoja ad infinitum cuya solución es materia de debate sociológico desde hace ya más de un siglo: ¿Cómo ver lo que tengo que ver si la misma mirada me esconde aquello que tendría que ver? Y no pensemos en la mirada desde lo puramente material (los ojo) como si fuera manejado por una tercera persona, sino en el aparato perceptivo como lugar de entrada sensorial del mundo, en un nivel más bien fenomenológico y, sobre todo, de una interminable lucha entre lo conciente y lo inconsciente. Para decirlo en criollo (sino las masas se ofenden): hay algo que tengo que ver pero no puedo, y esa misma imposibilidad es producto de sí misma. Algunos dirán que no es el aparato el que tiene el problema sino la utilización que yo hago de él. Y hay ahí una clave: no son mis ojos (en sentido figurado) los que tienen el problema, sino la forma en que yo miro. Pero justamente ahí radica la ironía del dispositivo. Quien haya leído 1984 seguramente estará pensando en la increíble escena final del 2+2=5, en donde la clave está en otra paradoja similar: cómo auto imponerme una creencia falaz al punto de llegar a creerla realmente (Algo parecido a lo que pasa cuando la Iglesia reclama Fe a sus seguidores).
Algunos, ortodoxos yasabemosqué, podrán decir que la situación se resuelve ayudando esa “toma de conciencia”. La falsa conciencia puede ser rota por un tercero que nos haga “ver la luz” allí donde hay oscuridad. Sin embargo, esto trae más dificultades. Enumeremos por lo menos dos:
1) Como decíamos recién, que un tercero me diga lo que tengo que ver no necesariamente implica la real interiorización de ese pensamiento de mi parte.
2) Por otro lado, si el mismo dispositivo perceptivo da muestras de ser falible a la falsa conciencia, ¿entonces cómo sabemos quién está realmente libre de ella como para enseñarle la verdad a otro?
Esto podría seguir mucho más, pero la seudo-tendinítis de dos días que muy lentamente se va retirando de mi mano derecha me pide que vaya terminando, so pena de volver a empeorar. A estas alturas, quienes hayan seguido la línea de este pensamiento (para lo cual antes que nada tendrían que haber seguido leyendo, lo que es ya poco probable) se estará preguntando “¿entonces, cuál es la salida?”. Otros, seguramente, se la estarán respondiendo. Los más, sin embargo, desde que empezó la exposición, habrán leído todo saboreando su propia respuesta, como quién escucha un chiste con el oscuro placer de ya saber el remate. Acá sólo responderemos abriendo otro interrogante: ¿Quién sabe realmente qué es lo que hay que ver?
Lo que hay que ver
Sigue la función
fugaz desilusión
De mirar a otro lugar, y hallar
La estúpida intención
La utópica ilusión
De ir un poco más allá
La última versión
aplaca el sinsabor
de querer siempre un poco más
Sube la emoción
con cada medición
ya nada puede estar peor
No ves que la mirada esconde
lo que hay que ver
La máquina arrancó
virtual destitución
del ser que ya no puede ser
la fría decisión
calienta la ambición
y oculta lo que quiere ver
me pongo a meditar y encuentro que no hay vuelta atrás
coincido conmigo, nada te puede importar si vos
No ves que la mirada escondelo que hay que ver