La paradoja, única ley que, si se me permite la idem., tenemos la certeza que rige nuestro mundo. Incluso en la relación entre el ser y el universo se da tal situación de yuxtapuestos ridículamente oximoronosos que no gesta más que incongruencias y desesperaciones. Por ejemplo, la frase: El mundo es un desastre por nuestro accionar. Muy suelto de cuerpo podemos ser políticamente correctos y denunciar con esa frase casi cualquier aspecto de la vida. Hasta ahí vamos bien. Pero, ¿no somos nosotros parte de la naturaleza? Si así fuera, y creo que lo es, ¿no sería natural que nosotros actuemos inefablemente sobre el universo?. O, acaso, hacemos esto por creernos algo especial y ajeno al orden cósmico en el que supuestamente estábamos inmersos hasta ayer mismo.En realidad todo esto no importa más que a manera de introducción laudatoria a lo único que nos convoca en este patético blog: algo referido a la imprecisa entelequia submarina. En este caso retomaremos un viejo hábito que jamás se había repetido: analizar la letra de un estribillo. Obviamente, se trata de una canción que en principio suena contradictoria pero, como nos tomaremos el tiempo para demostrar, sólo es tal en su exterior, ya que en el paradojismo las ideas nos muestra toda su poderosa claridad. Ahí va la frase: “Todo es muy poco si siempre falta lo mejor”. Ahora, dejen de leer. Tómense unos diez o quince segundos para poner la mente en blanco. Vuelvan a leer (estúpida orden contradictoria que se implica a si misma, del tipo “puto el que lee”). Digan la frase en voz alta. Ahora están preparados. Empezamos el análisis. Para clarificar un poco vamos a señalar con negrita las palabras que se contradicen entre sí: “Todo es muy poco si siempre falta lo mejor”. Bien, eso no ayudó demasiado. Pensemos, mejor, en la primer parte. Todo es muy poco. Claramente, se trata de un concepto parcial de la totalidad. No refiere al todo como lo absoluto, sino a una individualización del conjunto. Como en “todas las cosas”. Al aparecer un “si”, toda la negatividad de la frase se relativiza y se agrega algo de esperanza. Si la frase terminaría antes del condicional estaríamos frente a una declamación histérica de un nene de primer año que no se contenta ante nada de lo que le ofrezcan. No, no pasa eso, por suerte aparece una condición: la ausencia de lo insuperable. Sin embargo, como sabemos bastante claro a estas alturas de la vida, jamás se obtiene lo mejor, en ningún orden de las cosas. Por más que tengamos el último modelo siempre vendrá algo mejor a derrocar la efímera felicidad que experimentamos hasta conocer esta nueva existencia. Esto es así tanto por nuestra naturaleza humana como por el maquiavélico accionar del mercado, ávido de consumo (del nuestro, por el suyo, por el nuestro, para el suyo). A su vez, lo segundo es así por su conciencia de lo primero, pero no vamos a entrar en otro círculo inacabable. Sólo digamos que hasta acá nos queda claro que lo mejor no es un concepto estático. Por ende, no puede darnos más que una felicidad transitoria, en medio de una fugaz transición. Entonces, el condicional que sustentaba toda la frase no es más que una estúpida quimera. Se trata de una opción falaz, que jamás será satisfecha. Por ende, nos retractamos. Efectivamente, nos encontramos frente a una declamación histérica de un nene de primer año que no se contenta con nada.